Escuché un día a unos ancianos discutir sobre un partido de bochas. Uno medio encorvado y de pantalones remendados le decía a otro, un tanto más corpulento pero igual de remendado, algo sobre la distancia entre una bocha y otra de menor tamaño. Resulta que en este juego los participantes dejan rodar una bola hacia donde se encuentra una más pequeña y el que se acerque más, gana. Hay que ver como se divierten esos dulces ancianitos toda la santa tarde jugando a esa estupidez. Retomando lo del anciano, allí estaban, discutiendo entre ambos, con cortas intervenciones de sus compinches, y alguna que otra queja por parte de la bocha más pequeña (desde ahora “bochita”); el tiempo fue pasando y el intercambio de ideas se fue acalorando. Entre cruce y cruce de palabras, cada vez más cerca del insulto y más lejos de las bochas, se fue generando un ambiente de riña. El viejo encorvado terminó cediendo el triunfo de la discusión al viejo más corpulento (hay que ver el poder de convencimiento de su bastón, madre mía). Me enteré luego que el partido lo ganó bochita y ambos viejos fueron descalificados por tomar anfetaminas.
Extraído de “Rumores Fantásticos” de Elias
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