Tipitti Abbot era el menor de los Abbot. Vivían en una pequeña aldea en medio de un bosque. La aldea era tan pequeña la mitad de los habitantes eran Abbot, y los otros Cat, pero esto no era impedimento para que como en toda aldea se pudiera hallar un sabio. Muchas veces los sabios son los hombres más viejos pero en este caso, a pesar de probablemente ser el más viejo, lejos estaba de ser un hombre. El sabio de la aldea era Gustaff, un dragón que según los Abbot tenía 1500 años y si le preguntamos a los Cat tenía unos 2000.
El dragón era el más sabio por un simple motivo: su alimentación. Se alimentaba exclusivamente de una planta llamada Lutei Niger que era más conocida como “la planta de la verdad”.
Un día llegó un caballo completamente blanco a excepción de una mancha color negro con forma de diamante en la frente del animal, y de él descendió Agnus Cat vestido con ropas grises y portando una malla de acero en el pecho y un cinturón de cuero color marrón que servía de soporte de un plateada espada. – No hay caso, acabo de hablar con el solitario y me dijo que tenemos que ir hasta el bosque de Hagios si queremos conseguirla – dijo Agnus. El solitario era un hombre que vivía solo hace años a las afueras de la aldea a quién le preguntan todo lo que parecía no tener respuesta. En éste caso lo que querían saber es dónde encontrar Lutei Niger ya que Gustaff estaba algo enfermo y no podía volar por lo que estaba muriendo de hambre en la aldea.
Rápidamente comenzó un debate sobre si debían ir o no a buscar la planta para el dragón. El problema con esto era que nadie nunca había ido al bosque de Hagios por lo que tenían bastante miedo de intentarlo y además nadie había visto jamás la planta en cuestión aunque todos afirmarían ser expertos en la materia si se les preguntaba.
Finalmente se decidió que un equipo compuesto por un hijo de cada familia iría a buscar la planta al bosque vecino. Lo elegidos fueron Agnus Cat, guerrero experto en el combate de ratas y todo tipo de plagas y Tipitti Abbot joven curioso que siempre estaba en busca de una aventura fuera de la aldea.
- Mañana salimos al alba – dijo Agnus a Tipitti antes de retirarse a descansar. Tipitti por su parte no pudo dormir mucho ya que estaba muy ansioso por ver que cosas tan maravillosas había fuera de la aldea y por ser el primer Abbot en ver la planta de la verdad.
A la mañana siguiente todos se reunieron para despedir a los dos exploradores y desearles suerte. Cargaron todo lo que podían llevar, chalecos de acero y espadas para ambos y todo tipo de provisiones en sus mochilas de cuero, cada una hecha especialmente por la abuela de la familia correspondiente. Se despidieron y emprendieron camino sin saber lo que les esperaba.
Al poco tiempo de haber partido ven acercarse a lo lejos un lobo absolutamente blanco. Teniendo en cuenta que se encontraban en una pradera, la aparición de esta animal era algo bastante fuera de lo normal. El lobo se seguía acercando y los dos jóvenes desenfundaron sus espadas preparándose para defenderse en caso de ser necesario. A pocos metros de ellos el lobo se detuvo y los miró por unos instantes. Luego se transformó en un hombre, Lucriel, el hechicero de la aldea. – Van a precisar de mi ayuda – les dijo a los dos muchachos y emprendió camino junto a ellos subiéndose al caballo junto a Tipitti.
Cabalgaron durante todo el día y al caer la noche decidieron improvisar un campamento para descansar unas horas. Encontraron un solitario árbol en medio de la basta pradera y decidieron que ese era el lugar adecuado para pasar la noche. No llevaban carpa ni nada que se le parezca porque era verano y no se sentía el menor frío. En realidad en Clovers, la región donde vivían, siempre era verano.
Encendieron una fogata para cocinar unas ardillas que habían cazado pera cenar. Mientras comían Tipitti preguntó: – ¿es cierto que nadie nunca logró encontrar la planta de la verdad? – - Sí, eso es cierto pequeño Tipitti – contestó el hechicero – la leyenda dice que todos quiénes lo han intentado jamás regresaron. Es por eso que les dije que precisarán de mi ayuda si quieren lograrlo – Los dos jóvenes miraron al hechicero con un dejo de preocupación que se podía ver dibujado en sus caras por sus rígidas cejas e introspectivas miradas. Minutos más tarde Lucriel dijo: – duerman mis queridos amigos, mañana será un día muy difícil, ya estamos muy cerca de Hagios -
Mientras los jóvenes aldeanos dormían el hechicero se quedó sentado sobre una roca mirando meticulosamente el horizonte en busca de alguna señal. Horas más tarde la encontró. A lo lejos y hacia el Norte, se veía una luz intermitente pero fuerte de color rojizo y blanco, era como si estuvieran cayendo rayos pero desde la tierra al cielo. También se escuchaba un rugir muy lejano que a su vez se podía sentir en los pies. – Los guardianes de la verdad ya saben que estamos aquí – dijo Lucriel para sí mismo.
A la mañana Lucriel despertó a Agnus y Tipitti y les dijo que era tiempo de seguir con su travesía. También les dijo que hacia el Norte es a donde se dirigían. – ¿Vamos para ahí? – dijo Tipitti asustado mientras señalaba hacia donde el cielo cambiaba de color y pasaba de un reconfortante azul a un aterrador negro con betas rojas que parecía como si se estuviera desgarrando. – Sí, hacia ahí nos dirigimos – contestó el hechicero mientras se subía al caballo. Los jóvenes hicieron lo mismo y retomaron el viaje.
Mientras más cabalgaban más nerviosos parecían estar los caballos. De pronto Lucriel, quien iba unos metros más adelante, se detuvo abruptamente y se bajó del caballo. Cuando los jóvenes se acercaron vieron una enorme grieta en el suelo justo debajo de donde el cielo cambiaba de color. – Vamos al Este – dijo Lucriel – tal vez haya un lugar más angosto que podamos cruzar -
Retomaron la cabalgata hacia el este siguiendo la grieta y viajando entre la luz y la sombra. Agnus no decía una palabra pero se notaba el terror que sentía en su rostro. Tipitti por su parte, era bastante amigo del habla y le gustaba exteriorizar sus sentimientos a cada momento. Frases como: “Vamos a morir”, “¿Vamos a morir?” y “Lucriel, tienes que hacer algo” los acompañaron por unos 3 kilómetros hasta que Lucriel dijo: – ¡Si no te callas te convertiré en rata! – ante lo cual Tipitti, quien no estaba seguro de que el hechicero pudiera realmente hacer esto, optó por callarse.
Pasaron unas horas hasta que llegaron a un lugar en que la grieta no medía más de un metro, distancia que lo caballos podían saltar fácilmente. A juzgar por lo sencillo que había resultado encontrar este lugar y la calma que los rodeaba desde hacía unos cuantos kilómetros, se podía sospechar que nada bueno podían esperar para el resto de su búsqueda. – Vamos muchachos, tenemos que saltar – dijo Lucriel haciendo eso mismo el primero, e inmediatamente le siguieron Agnus y Tipitti. – ¿Y ahora por dónde vamos? – preguntó este último – seguimos hacia el Noroeste – contestó Lucriel emprendiendo la marcha.
Ahora cabalgaban totalmente en penumbras. Se comenzaban a escuchar rugidos y profundos silencios. Los tres se miraron con terror en sus ojos. Nunca habían visto esa emoción en la cara del hechicero quien sospechaban que no le temía a nada. En un momento desde atrás de una roca saltó una serpiente de unos once metros de largo y más ancha que un hombre. Los jóvenes rápidamente desenfundaron sus espadas pero la criatura se lanzó sobre Tipitti tirándolo del caballo. El más pequeño comenzó a arrastrarse desesperadamente tratando de encontrar refugio cuando de pronto Agnus le asestó un golpe a la inmunda serpiente y ésta se dio vuelta y se trabó en lucha con él. Agnus le lastimaba la cabeza con su espada pero la criatura insistía en sus arremetidas con una clara intención de atrapar la cabeza de Agnus entre sus grandes y poderosas mandíbulas. Cuando de pronto Lucriel, ahora convertido en cuervo, comenzó a atacar los ojos de la poderosa serpiente mientras Agnus seguía hiriéndola con su espada. Mientras tanto Tipitti logró pararse del suelo y tomar su espada y corriendo rápidamente logró asestar un golpe certero entre la cabeza del horrible animal y sus vértebras con lo que logró finalmente matarlo. Una vez muerta la gigantesca serpiente se convirtió en un polvo negro semejante a la pólvora que la hacía lucir amenazante incluso muerta.
Los tres se sentaron en el suelo, Lucriel ahora en su forma humana nuevamente, y quedaron estáticos por unos minutos. Todavía no se lograban reponer de lo que había sucedido. El final pareció estar realmente cerca por un momento. Se agradecieron mutuamente y decidieron continuar su viaje hacia las profundidades de Hagios. Según la leyenda en la parte más espesa del bosque se encontraba una gran pirámide creada por los dioses cuyos guardianes eran estas serpientes, detalle menor que había olvidado mencionar Lucriel y al ser increpado al respecto éste contestó: – no quería asustarlos y tenía la esperanza de que fuera solo una leyenda. -
Retomaron el camino internándose hacia lo más profundo del bosque Hagios. Dejaron a sus caballos ya que el espacio entre árboles era muy estrecho y éstos podían lastimarse. Los caballos asustados saltaron la grieta y esperaron del otro lado, mirándolos desde la luz con una aparente falta de esperanza en el regreso de sus amos.
Cuanto más se internaban en el bosque más tenebroso todo era. Los árboles movidos por el viento parecían estar hablando y riéndose de los tres caminantes. De vez en cuando aparecía algún tigre con ojos color ámbar brillantes con el cual luchaban los dos amigos lado a lado matándolos uno a uno. A pocos metros se veía la pirámide en la que se suponía iban a encontrar la Lutei Niger, la planta de la verdad, y ellos se alegraban de no haber encontrado más serpientes gigantes ya que no se creían capaces de enfrentarse a otra y salir victoriosos de tal encuentro.
En la puerta de ese edificio había una inscripción que rezaba: “Quién aquí entre, no ha de salir”. Los tres hombres hicieron lo que ya casi se había convertido en un ritual: se miraron los tres como si estuvieran comparando sus caras de miedo. Habiendo llegado hasta ese punto no cabía la menor duda, entrarían igual.
La puerta estaba bloqueada por enormes piedras separadas por unos pocos centímetros y aparentemente imposibles de mover. Luego de pensar un rato y mirar a su alrededor Lucriel dijo: – Yo me puedo convertir en ratón y pasar hacia el otro lado de las piedras, luego ustedes me pasan esas lianas – y señaló una gran enredadera que había cubriendo toda la pirámide – y yo las paso nuevamente para así poder atar las piedras -. – ¿Y con eso qué? – contestó Tipitti decepcionado por un plan en apariencia estúpido. – Luego de tenerlas todas atadas vuelvo a salir de la pirámide y tiramos de las lianas para mover las piedras – agregó Lucriel. Ahora sonaba más parecido a un buen plan. Se hizo lo dicho por el hechicero y media hora más tarde todas las piedras estaban atadas. Los tres comenzaron a tirar de las lianas con toda su fuerza pero no lograron mover las piedras ni siquiera un centímetro. Se sentaron agotados por el esfuerzo y se pusieron a pensar que hacer. De pronto Agnus, quién había estado callado casi todo el tiempo, dice: – Lucriel, si te conviertes en buey tendrías la fuerza para mover las rocas – Lucriel, a quien le pareció un muy inteligente idea, hizo exactamente eso y así lograron sacar las rocas una a una y abrir la puerta de la pirámide.
Los tres caminaban lentamente por el corredor de entrada de la pirámide que llegaba a la cámara principal cuando de pronto sienten un fuerte temblor seguido por un estruendoso ruido y al darse vuelta ven que la entrada se acababa de derrumbar detrás de ellos bloqueando la única salida.
No teniendo más opción los tres continuaron caminando hacia lo que parecía ser una especie de invernadero donde se encontraban unas frondosas plantas de un extraño color negro iluminadas por una entrada de luz de casi el mismo tamaño que la habitación en el techo de la pirámide. – ¡Esta debe ser la planta de la verdad! – Exclamó Tipitti arrancando una de su cantero. Inmediatamente todo comenzó a temblar fuertemente otra vez y las paredes empezaron a derrumbarse sobre ellos tirándolos al piso frente al cantero. En el piso, pudieron leer una inscripción en el frente del cantero de las plantas de la verdad que les anunciaba su final: “Ningún hombre podrá jamás poseer la verdad, y todo aquel que lo intente pagará con su vida”
Al pasar los días en la aldea supieron que los aventureros habían muerto e hicieron una ceremonia en su memoria, poniendo sus nombres en tres tumbas vacías al lado de la tumba de, Gustaff, el dragón sabio.
Von Brum
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