Todos se miraban con cejas arqueadas y nerviosos arreglos de cabellos. Algunos, astutos, lo hacían desde titulares de asesinatos o consejos para la casa; otros, solo miraban, deliberadamente, con ganas de que su objetivo notara el par de iris, las pupilas, que sintiera penetrar de a poco la asquerosa sensación de ser observado. De golpe, todas las miradas se dirigieron hacia la puerta que se abría. Un hombre de unos 25 años irrumpió en la sala entre gestos y contracciones musculares involuntarias. Dio una mirada tranquila a la sala, asientos en fila contra la pared, una mesa con revistas en el medio, dos puertas. Una blanca, otra de color marrón puerta. Divisó un asiento libre, perdido entre una pierna izquierda gorda y una esquina blanca. Se sentó, claro. Las miradas, que seguían atentas los movimientos del nuevo, lo hicieron sólo hasta que tomó un lugar en la escena, luego, volvieron a su antiguo vaivén observatorio. Pero ya no era como antes. Con cada “tic” del nuevo las miradas se corrían, no podían concentrarse. Era más fuerte que ellas. Una mirada, en un momento se veía mirando al viejo con parkinson que simulaba leer el periódico, y al otro mirando al nuevo. Solo bastaba un leve movimiento, los cuales le sobraban a este individuo, para desviar la vista de los miradores. Uno pensaría que eso es imposible en miradores que han perfeccionado el arte de mirar. Por que cuando uno mira estando en una sala con otra gente, quiere decir que mira en cualquier parte, en un ómnibus, cuando camina, en bicicleta, desde el balcón, en el trabajo, en todos lados, simplemente mira. Profesionalmente, claro. El caso es que la rutina de mirar y observar era, no interrumpida, alterada por los varios “tics” de este nuevo sujeto. Y ahora por la puerta color marrón puerta que se abría lentamente. De ella salió una joven sollozando que se dirigió a la puerta blanca, la abrió y desapareció. Desde la otra puerta, abierta todavía, una voz con gusto a barba cincuentona dijo un nombre y un apellido. Acto reflejo, una señora que llevaba una piola en la mano se levantó, cruzó la puerta y la cerró. Tras esto la sala volvió a lo mismo. Miradas y tics. La dueña de la pierna gorda largó un soplido haciendo público su malestar. Estaba realmente molesta, enojada. No era de buena educación no dejar mirar en paz. Esto era el colmo. Un tic allá, otro acá. ¿Qué era eso? Así era imposible mirar algo. El viejo del periódico también sopló. Y la joven con lentes gruesos. Y otra vez la señora con problemas de sobrepeso. El señor de traje europeo. Y ahora la señora vestida de colores chillones. Toda la sala soplaba molesta. Menos el nuevo, que entre tanto tic y tanto temblequeo le era imposible coordinar sus músculos para elaborar un soplido. Eso si era una injusticia. Todos soplando y resoplando y él no podía ni siquiera respirar con enojo. Lo intentó. Fue juntando de a poquito el aire en su estómago, de a poquito. A la cuenta de tres hago un poquito de fuerza y lo largo todo junto, así: de sopetón, se dijo. Pero al largarlo un tic le movió el pecho, otro el rostro y solo un poquito de soplido salió de su boca. Esto así no iba a funcionar, tenía que hacerlo, debía lograrlo. Se paró, un tic en el muslo. Cerró los puños, las miradas, los soplidos. Juntó el aire. Frunció el entrecejo mientras otro tic le golpeaba el rostro. Devolvió las miradas. Todas. Pensó en el soplido. Uno grande, fuerte y molesto, sobretodo molesto. El aire seguía juntándose, llenando la fuente de los soplidos enojados. Ya sólo faltaba un poco. Otro tic. Sólo un poco y el soplido. Otro tic. No podía aguantar más el aire, y otro tic que le abofeteaba la cara, y la pierna que se movía. Las miradas lo miraban expectantes, como amenazándolo, seguras de que no podría. Otro tic. El próximo sería el último, ya no aguantaba más. La puerta marrón se abrió, el dueño de la voz ahora también lo miraba, la voz de la señora gorda (la cual sólo ella oía) gritaba coléricamente, y las miradas que seguían mirando. El último se acercaba, lo sentía nacer en las profundidades, allí dónde todo tic nace, algún punto oscuro de la cabeza o el torso, quizá nacen en los pies o debajo de las uñas. Lo sentía. En poco tiempo el tic lo haría soltar tanto esfuerzo, tanto soplido inconcluso, perdido. No podía dejarlo. Pero el tic se acercaba por la espalda o las piernas, no distinguía, pero se dirigía al rostro, todos iban al rostro. Cuenta regresiva y él con el aire todo junto en el estómago, pronto para largar el soplido enojado que lo haría igual a todos o más molesto incluso. Ya estaba ahí, cerca de la comisura de la boca que estiraría hasta la oreja en un espasmo violento y deforme. Ya estaba ahí, pronto para demostrar el enojo. Los dos estaban ahí, el tic y el soplido. Fue toda una proeza. Mientras la boca se deformaba, su pierna derecha se movió agresiva hacia ningún lado y sus manos se abrieron, grandes, fuertes, incontrolables; el ojo pestañeo perdido, su estómago se contrajo enojado, las miradas se asustaron, la puerta largó un leve sonido, que pudo ser de miedo, y la sala se llenó con lo que hasta el momento había sido el soplido más enojado de todos. Él solo demostraba su enojo. Era un soplido de esos que alguien dejaría pasar tan solo al ver lo enojado y molesto que se encuentra. Y otro tic… Pero ya no importaba. Había demostrado ser una mirada y un soplido más, como todos. Solo que él también tenía tics. Mirada, soplidos y tics. Ya no era el nuevo y todos lo sabían. Como en un abrazo de bienvenida las miradas dejaron de mirarlo sólo a él y continuaron con sus rutinas. Su nombre fue mencionado como al pasar y entre tics se levantó y cruzó la puerta marrón, mientras todos miraban, sabiendo que pronto, muy pronto, les tocaría a ellos.
Buenísimo!!