Él se levantaba temprano. Ducha, cafecito, corbata, puerta, espejo y a la calle. Era un rito único, especial. Para él era inconcebible cruzar la puerta sin mirarse en el espejo, como si el hacerlo le asegurara el regreso. Cábala le dicen. Superstición piensan. Todos tienen algo parecido.
Era invierno y la noche había estado tormentosa. Difícil acompañar los sueños con tanto ruido, pensó mientras sus pies tenían el primer contacto con el mundo. Ducha, cafecito, corbata, puerta, calle.
Una vez en la tortura llamada ómnibus recordó. ¡No! No podía ser. No había forma de olvidarlo. ¿Cómo? Repitió para sus adentros “me levanté, me bañé, me tomé el café, después me vestí, elegí la corbata roja, no estaba para salir con la corbata azul a rallas; me acerqué a la puerta, revisé las llaves, confirme con una mirada que las luces estuvieran apagadas, y miré el espe…no…no lo miré…¡pero que boludo! como no voy a mirar el espejo…” chasqueó la lengua en desaprobación un par de veces mientras se insultaba a sí mismo como si eso solucionase todo.
La jornada laboral transcurrió sin grandes contratiempos. Solo recordaba el accidente cuando iba al baño o subía a un ascensor. O cuando veía a una compañera arreglando su maquillaje. Marcó tarjeta y pidió un taxi. El conductor hablaba más de lo que respetaba las leyes de tránsito. Le contó sobre su hija la pianista y de su nene el goleador. Toda una vida tras el volante repetía. Tranquilo, yo sé de esto, estoy 12 horas acá; pero la cara del pasajero seguía pálida, nerviosa. No era por el viaje, tampoco por las fichas que caían como agua y que pronto se convertirían en dinero, era por su imagen. Desde que habían partido desde el centro rumbo al hogar tenía la sensación de que no recordaba haberse visto en el espejo. Nunca. Estaba perdiendo de a poco los recuerdos de su propio reflejo. Su rostro se desfiguraba en la memoria, se perdía en grandes volutas de humo, desintegrándose en lo infinito del inconsciente, en la nada.
El taxi paró tras la cachila oxidada. Un gracias acompaño la propina. Estaba ahí. La puerta de su casa frente a él. Su hogar. Había vuelto. A pesar de todas las ideas horribles que se le habían pasado por la cabeza. A pesar del espejo. Caminó hasta la puerta, mirando el suelo, sintiendo el metal de las llaves en los dedos. Recordaba su casa. Tenía un living espacioso, con un amoblado algo viejo, heredado. En ese momento no podía recordar el color del sillón. Era como un amarillo gastado, era…Pensó en la cocina, oscura, sin uso, algo sucia. La pared tenía una mancha de grasa que no podía quitar. Tampoco recordaba que pared era. El baño azul. No existía un mejor lugar para leer que ese. Tenía unos azulejos lindos. Pero no recordaba el diseño.
Abrió la puerta, algo sudoroso. Encendió la luz, la claraboya no alumbraba lo suficiente a esas horas. Miró victorioso el espejo, orgulloso de haber vuelto al fin y al cabo.
Mientras preparaba la cena se rascaba la cabeza de vez en cuando al darse cuenta que no recordaba dónde había puesto algún cubierto, la sal. Se sentía extraño en su propia casa. Era, por supuesto, una sensación ridícula. Hoy a la mañana dejé mi taza sobre el microondas, decía; pero no estaba ahí. El recorrido al baño fue lento. Miraba los cuadros, las fotos, las plantas. Nada parecía ser suyo. Se detuvo frente a una fotografía. Había dos personas sonriendo delante de un lago verde clorofila. Eran dos desconocidos, alguien que alguna vez vio en un espejo y una persona cualquiera. Pero se quedó tranquilo, era imposible perder la memoria así como así. Y ahí estaba la prueba, frente a sus ojos: sin duda él conocía ese lago.
Elías
Muy bueno, la verdad muy bueno.
No perdes tu toque!!!