Hacía pocos minutos que se había puesto el sol y para Javier ya era hora de salir. Se levantó del sillón, tomó una caja de cigarrillos que tenía en la mesa ratona, su encendedor de mecha y salió a la puerta de su casa. Sacó un cigarrillo de la caja y lo encendió. Minutos más tarde apareció Pablo, un amigo de Javier. “Javi. ¿Qué hacés? ¿Todo bien?” – “Acá, fumando un pucho. ¿Y vos?” – “Voy a lo de Andrés a pegar ese faso. ¿Venís?” – “Dale, vamos”.
Camino a lo de Andrés los dos amigos pensaban que iban a hacer más tarde. Probablemente saldrían a tomar algo o irían a algún pub a ver una banda en vivo. Las bandas que iban a ver eran por lo general mediocres y en casos excepcionales, pésimas, pero esto no era problema para el estado mental en el que solían ir.
Al salir de lo de Andrés casi son aplastados por una manada de caballos salvajes que pasó corriendo junto a ellos. Pero lo que más les molestaba era el fuerte sol que brillaba justo sobre ellos. Era insoportable. El calor era abrazador y la sed que sentían era inhumana. A lo lejos veían un gran galpón rojo en medio de toda la arena del basto desierto. Ojalá en el galpón haya agua.
Caminaron durante horas hacia este edificio que parecía no acercarse. Finalmente llegaron casi arrastrándose sobre la arena que ahora parecía quemar sus pies incluso a través de los zapatos. Al acercarse al galpón los recibió un hombre de traje negro y casi dos metros de altura a quién apenas podían ver bajo la débil luz que lo iluminaba. “Nombre y apellido” les dijo en tono autoritario. “¿Qué? ¿Para qué?”, le preguntó Javier. “Este es un club privado, no entran sin invitación.” Replicó el hombre de la puerta. “Javier Rodríguez y Pablo Mora” Contestó Javier. “Adelante.” dijo el portero mientras abría la puerta.
Al entrar no podían creer lo que veían. Un club nocturno al mejor estilo “Studio 54” y ellos parecían estar invitados. Mujeres, tragos, drogas, éste lugar lo tenía todo. Y lo tenía todo gratis. Saciaron su sed con Vodka y otra gran variedad de tragos.
De pronto alguien comenzó a gritar “¡Fuego! ¡Se incendia!”. El club se estaba incendiando a causa de un trago flameante que una mujer enojada lanzó sobre el barman y fue a parar al aparador de bebidas.
“Rápido, Cabo Rodríguez, hay que apagar el fuego del segundo piso”. Javier miró a su al rededor. Camión bomba, y un destacamento entero de bomberos combatiendo el fuego de un viejo edificio de 6 pisos en el centro de la ciudad. “Rodríguez, que espera, vaya a ayudar al Sargento Mora que está en la escalera.” Javier tomó su manguera y corrió a ayudar a su amigo. Al llegar al segundo piso vio a Pablo intentando controlar las llamas que parecían tener vida propia. Estaban en todos lados, en el techo, en las paredes y saliendo por debajo de las puertas. De pronto, escuchó un grito de una niña que pedía ayuda.
Javier corrió a ayudar a la niña que parecía estar en una de las habitaciones. Abrió la primer puerta u una bola de fuego casi lo atrapa. Hizo esto en las 3 puertas siguientes y finalmente abrió la puerta de la habitaciones 236. “Javier es tu turno, apurate antes de que termine el recreo” Le dijo una niña de túnica blanca y moña azul. “Sí es tu turno de contar, mientras nosotros nos escondemos” dijo Pablo.
Javier se apoyó en un árbol del patio de la escuela y comenzó a contar. “1, 2, 3, 4, 5, …, 100”. Se sacó las manos de la cara justo a tiempo para evitar chocar de frente con un camión que venía en sentido opuesto. “¡Cuidado! Pensé que sabías andar en moto” le dijo Pablo. “Sí, se andar en moto, me distraje nada más” Dijo Javier entre enojado y asustado.
Recorrieron varios kilómetros de ruta y finalmente Javier se bajó del caballo frente a la choza. “Me voy a dormir” dijo Pablo. “Yo también” contestó Javier y se acostó en un catre.
La voz de Andrés los depertó: “¿Y muchachos? ¿Les gustó lo nuevo? ¿Lo llevan?”. “Ehh, no, llevamos lo de siempre” Dijeron los dos amigos a coro.
Ahora en su casa Javier se sentó a ver una película. Sacó un cigarrillo y tratando de tomar el encendedor en su bolsillo encontró una cajilla de fósforos con un logo que decía: “Studio 54”.
Von Brum
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