Javier con sus 30 años de edad era conocido como un tipo reservado y tranquilo, más bien bastante callado. Según los habitantes del pueblo él era así debido a su particular trabajo. Era el embalsamador de la funeraria local.
Su trabajo consistía en preparar los cadáveres para que lucieran “mejor que nunca” al momento de ser velados. Trabajando 8 horas diarias en un rubro tan particular no resultaba extraña su indiferencia para con sus peculiares huéspedes.
Un día al despertar notó que no se podía mover, brazos, piernas, cabeza; todo su cuerpo estaba completamente paralizado. No podía mover los ojos y ni siquiera podía hablar. Lo único que podía ver era una luz que brillaba sobre su cabeza. Podía saber que estaba desnudo porque sentía el frío acero de una mesa en la piel de su espalda y piernas, él tenía una sospecha de lo que estaba por sucederle y por más aterrado que se sentía no podía hacer más que quedarse inmóvil.
De pronto vio que un hombre con gruesos lentes y piel oscura se acercaba a él con una esponja. Luego éste último lo comenzó a lavar sin mayor delicadeza pasando la esponja por todo su cuerpo, incluso por esos lugares en los que nunca imaginó a otro hombre lavándole. Ahora Javier estaba realmente aterrado; estaba siendo embalsamado.
El funerario le abrió la boca y le clavó un remache en sus mandíbulas y rellenó su traquea con algodón para luego con un fuerte alambre atar los dos remaches dejando la boca cerrada. Como los labios no parecían quedar suficientemente cerrados tuvo que aplicar pegamento instantáneo para terminar de cerrar la boca. En este momento Javier estaba sintiendo un intenso dolor pero seguía sin poder mover un solo músculo.
Javier no podía comprender como nadie se daba cuenta que estaba vivo. ¡Por Dios! ¿Qué clase de persona le hace eso a alguien que aún está vivo? Sin que terminara de comprender su situación sintió que una aguja fría se insertaba en una arteria en su cuello y otra en una vena. Instantes más tarde un espeso fluido comenzó a entrar por una aguja mientras que la sangre salía por la otra. Javier se sentía cada vez más rígido y de pronto escucha que el otro hombre dice: “¡Los ojos! ¿Cómo mierda me pude olvidar de los ojos?” e inmediatamente coloca una placa curva en cada ojo y cierra los párpados con pegamento.
Mientras el inmundo fluido corría por su cuerpo Javier escuchó como el hombre que lo estaba embalsamando encendía un cigarrillo. En esta momento suponía que lo consideraban muerto pero de todos modos no podía comprender como alguien podía hacerle esto a otro ser humano aunque éste estuviera muerto. Comprendió lo inhumano que era el acto de embalsamar a pesar de las mentiras que le decía a sus clientes para lograr sacarles más dinero al ofrecer tan horrible servicio.
Los ocho litros del liquido ya habían reemplazado toda su sangre y ahora ya no tenía las agujas en el cuello. Y fue en ese momento que recordó que la peor parte no había pasado. Ahora sintió como otra especie de jeringa gigantesca se clavaba en sus pulmones y comenzaba a succionar con fuerza y sin el menor cuidado todo lo que encontrara. Esto se repitió en todos sus órganos y luego las cavidades fueron rellenadas con más del mismo fluido de embalsamar.
Ahora sintió como era puesto boca abajo en la mesa y como una especie de gran tornillo era usado para sellar su ano. Por una amplia variedad de motivos físicos y emocionales, esta fue para Javier la peor parte.
“Ahora el maquillaje y listo” dijo el hombre con voz cansada. Estas fueron las últimas palabras que Javier escuchó antes de despertarse en su cama empapado en sudor con un molesto dolor en todo el cuerpo. Se miró al espejo tocando su cuello y su pecho. Miró su garganta y su boca para asegurarse que de no tener nada metido en ellas.
Se dice que al día siguiente Javier renunció a su trabajo en la funeraria y nunca nadie lo volvió a ver por el pueblo.
Von Brum
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Interesante. Me gustó más que nada aprender el procedimiento para embalsamar.
esta vez me gustó; ¿se podrá embalsamar el dolor y seguir viviendo?