A este sujeto le encantaba la fama. Su único fin en la vida era conseguir una calle con su nombre. Y trabajó duro para lograrlo.
Al principio intentó hacerlo por medios políticos; estudió derecho, encabezó una lista importante, llegó a presidente en pocos años. Pero para la comisión municipal encargada de nombrar las calles, todo esto no era suficiente.
Siempre un paso adelante, este hombre de objetivos claros y con voluntad de hierro, decidió intentarlo por el camino del heroísmo. Declaró una guerra con un país aleatorio y luchó en las primeras filas. Salvó a cientos de compañeros que él mismo había herido en las primeras de apretar el gatillo, llevó libertad a miles de ciudadanos extranjeros que por mera casualidad habían nacido libres en sus tierras de origen, firmó un tratado de paz y volvió a su país a tiempo para festejar las navidades. Esto, claro, tampoco fue suficiente para satisfacer los requerimientos de la comisión.
Un poco cansado de las exigencias de la municipalidad, probó suerte con maniobras un tanto ilegales. Les ofreció grandes sumas de dinero a los integrantes de la comisión municipal encargada de nombrar las calles, pero hasta en las comisiones menos esperadas, uno siempre se topa con gente honesta. Sin poder sobornar a tres cuartos del total, la comisión volvió a desechar su nombre como posible calle.
A estas alturas, su deseo de tener una calle propia ya era vox pópuli. Presidentes de países vecinos y no tan vecinos, todos con calles en su haber, a modo de chanza le regalaban trozos de hormigón, señalizaciones viales, placas de “avenida *inserte aquí su nombre*” y matrioskas…en fin, también es vox pópuli que los rusos no tienen un buen sentido del humor.
En el ocaso de sus días, ya con la frente senil, y luego de haber intentado todo, desde los más increíbles actos de caridad hasta los sobornos y las extorsiones más crueles, el viejo explotó.
Se decretó un golpe de estado, mandó matar a los integrantes de la comisión encargada de nombrar las calles, cambió el calendario y nombró una calle con su nombre. Así, como quien sopla y hace botellas.
Murió a los dos días.
Hubiese salido todo como él quería sino fuese por la dichosa fuerza de la costumbre. La gente no llegó nunca a acostumbrarse al nuevo nombre, y a la única avenida del país se le llamó siempre, como siempre se le había llamado.
Elías
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