En ese entonces trabajaba en el centro, en horario vespertino. Generalmente terminábamos cerca de medianoche. Una vez bajada la reja, cada cual para su casa. Todos salíamos en direcciones diferentes.
Recuerdo una noche en particular. Luego del “hasta mañana muchachos”, comencé a caminar rumbo a mi casa, pero un mensaje de un amigo invitándome a tomar algo me obligó a quedarme en la parada del ómnibus. Éramos pocos. Unos 4 o 5 contándome. Los minutos que pasaron mientras esperábamos cada cual su línea fueron extraños. Divertidos incluso.
Sentado en la puerta de un cajero automático, un indigente de unos cuarenta años, sin barba, comenzó a hablar. No tenía un interlocutor específico, nos hablaba a todos nosotros, o a nadie. “¿Cómo pueden dormir?” decía. “Citadinos indiferentes, insensibles… ¿Cómo pueden dormir? Me dan asco… ¡Indiferentes! ¿No saben que Slanovich está torturando gente?”. En ese momento mi atención se posó sobre el hombre. No le gustó. Creo que prefería la indiferencia. Aparté la vista y miré el horizonte. El centro es triste en la noche.
“Slanovich está matando gente y ustedes se van a dormir…Ja! Pero que hijos de puta, se van tranquilos a sus casas y todos mueren…duermen…yo no duermo…”. La incomodidad de la gente era notoria. Suspiros, miradas veloces al reloj, algún cuello que se estiraba intentado cubrir la avenida en busca del transporte metropolitano. Yo había dejado de mirarlo, pero aún lo escuchaba. Algo en su tono de voz, en su rostro, dejaba ver que él mismo sabía que lo que decía eran incoherencias. Me dio la sensación de que quería decir otras cosas, pero no sabía cuales. Por eso decía gritaba sin sentidos, no encontraba otras palabras.
Mientras gritaba que el ataque iba a caer sobre nosotros y se adelantaba a una masacre, el ómnibus apareció a lo lejos. En esa parada pasaban más de 6 líneas distintas, pero esa noche todos tomábamos el mismo. Casualidad o táctica de escape, dio igual. Al ver subir a todo el mundo, sonreí. El instinto me engendró simpatía.
Durante el viaje, al frenar del ómnibus, fijé mi atención en otra parada donde un montón de gente escapaba de un hombre sin pierna izquierda, tirado en el suelo, que agitaba sus manos hacia unas muletas viejas y gesticulaba lastimosamente. Dos muchachas que pasaron al fondo del vehículo comentaban espantadas como se había tirado al suelo una y otra vez pidiendo ayuda. La noche se repetía a si misma en todas partes. Otro individuo que no encontraba las palabras adecuadas, o quizás otra víctima de Slanovich.
Bajé del ómnibus a unas cuadras de la casa de mi amigo. Caminando me crucé con un joven que me hablaba desde lejos, lo miré como para responderle, pensé que me preguntaba algo. Al acercarse me pasó por al lado sin siquiera mirarme. Venía usando el manos libres del teléfono. Un último chiste nocturno. Llegué a casa de mi amigo, y nos fuimos a tomar cerveza por ahí. Terminé la noche riéndome de anécdotas y charlando de la vida, sin preocuparme por las torturas del ruso, olvidándome de la lástima que genera un borracho con muletas, y habiendo confirmado lo ridícula que se ve la gente que usa el manos libres del celular mientras camina por la calle.
Elías